jueves, febrero 28, 2008

Ficción

La muerte del amor es la idealización de las formas.
Y las formas son diversas y engañosas. Están las formas físicas, receptoras naturales del deseo. También está la forma que toma el pensamiento en las palabras de otra persona, ahí, en el margen de la voz, en el resuello, en el murmullo, empieza el conocimiento. Se (re)conoce la voz y se la asocia al pensamiento, a la historia del otro. Una historia de la que uno no forma parte, todavía.
El peligro está en contar, en cómo se cuenta, en el papel que se otorga el narrador. (Los recuerdos nunca son recuerdos, son representaciones)
El pasado es un teatro. El pasado siempre se está contando de forma diferente. ¿Mentira? Es inútil intentar apropiarse de lo que se ha vivido, es inerte congelarlo en un absoluto. Los recuerdos siempre serán diferentes, lo acontecido va mutando. Nunca habrá una lectura definitiva de todo lo que nos ha pasado. Habrá la posibilidad de un cuento, una serie de imágenes que engrosan una historia. Lo visto será siempre modificable. Para ser inevitablemente nos ficcionalizamos. Para ser vistos, para ser queridos, deseados, escuchados.

miércoles, febrero 27, 2008

Madrugadas

El obsesionarse es una cuestión de delicadeza. Todo empieza en un rincón de la cabeza, el que menos miras. Un día cualquiera la luz de la tarde te sorprende con los ojos abiertos mirando fijamente a ese lugar de la cabeza. Todo va cobrando forma, y después la forma va creando nombre. El rincón olvidado establece un nuevo orden en tus pensamientos. Todo se organiza en torno al momento del día en el cual miras la forma e intentas fijarla. Al poco tiempo te despiertas susurrando el nombre de la forma. Los otros pensamientos comienzan a moverse como en una bruma (todos los amaneceres son espesos). Piensas que el espacio que ocupa la forma no puede ser llenado con otras visiones. La forma por momentos es plana pero cuando alcanza el mayor relieve su presencia demanda una atención exclusiva. Empiezas a ver tu infancia a través de la forma, y la sombra que proyecta ésta sobre tu rostro te imprime unos rasgos nuevos. Una forma curiosa del maquillaje.
La sutileza con que la obsesión se transforma en enfermedad es aún mayor. Todo se disfraza de una búsqueda constante, la forma se te presenta como una senda y es inevitable buscar el tesoro al final del recorrido que se te ha trazado. Lo cierto es que no hay movimiento tan solo hay una oscilación constante de un punto hacia otro; un péndulo que va arando la superficie en busca de agua, en busca de tiempo, en busca de verdad, en busca de una forma certera.
Te instalas en un tiempo de observación en el que todo late al ritmo que imponen las transformaciones de la forma. Los pocos instantes en que consigues ausentarte la bruma es tan espesa que no consigues reconocer lo que ves, todo lo demás te es desconocido. En determinado momento reconoces tu vida en una negación: antes de perderte en la visión de la forma todo era falso. Tus recuerdos, por lo tanto, alcanzan una dimensión completamente plana, y esa superficie, a su vez, es arada por el péndulo. El movimiento frenético desde tu cuerpo hacia la forma, hacia la sombra de la forma, hacia el nombre de la forma, termina por realizar una intervención quirúrgica. La delicadeza de la incisión es escalofriante.
La naturaleza de la obsesión está en continúa mutación, por eso la posesión es tan certera. De un día para otro te conviertes en una persona enferma más.