martes, febrero 24, 2009



No pronunciar nada que pueda hacer necesario
cambiar el rumbo del oleaje.


Recuerdas cuando observabas desde la ventana del autobús
la luz plastificada que envolvía todas las cosas.
Sabías perfectamente cuales eran las palabras
que te habían dañado la vista.

Es decir, cuando sentada en el autobús
sentías la rueda girando sobre el asfalto caliente
y creías entender la musicalidad de sus chirridos.

Afuera transcurría todo en cámara lenta
y el movimiento leve del resto de la gente
te producía una desolación absoluta.

Deseabas con mucha fuerza retroceder
siguiendo el hilo de los sucesos,
volver al punto exacto en el que no debiste haber escuchado.

Ahora, por las decisiones antes tomadas, la luz está acompañada por una vibración constante que convierte a la gente de la calle en figuritas planas.

Todo está forrado por un plástico transparente,
por momentos brilla demasiado y te lastima la vista.
Todo envuelto como un producto de supermercado.

El tiempo no se detiene y pronto habrá oscurecido,
la luz artificial te proporciona un cálido descanso.

Quisieras recorrer un camino nuevo y desconocido
pero tus pies son demasiado pequeños
y están llenos de barro.

viernes, febrero 20, 2009

Fausta


Cuando uno sale de ver La Teta Asustada tiene la sensación de que lo que le han contado es sencillamente la verdad. Latinoamérica en estado puro, sin paternalismos ni estereotipos. Las situaciones más cotidianas están retratadas con una precisión absoluta en los colores, en el movimiento frenético, el vínculo con el paisaje, las relaciones familiares, la fiesta. Incluso da ganas de meterse a bailar con la familia de Fausta, la protagonista, como si de nuestra parentela se tratara.

Uno sale de la película reafirmando que la música y el lenguaje van unidos, y que en determinadas ocasiones una palabra cantada es una conjura que llena de presencias la sala de cine. Y con esto no quiero sonar mística, tan sólo quiero remitirme a lo que el cine es en últimas: una ilusión que nos sustrae de la sala y nos sitúa en otra realidad, de la que formamos parte por aproximadamente dos horas. Una ilusión que llena la sala de fantasmas, de espectros. Hay una secuencia espacialmente conmovedora, en la que Fausta oye una melodía que prácticamente la hipnotiza y la obliga a acercarse al lugar desde dónde llega la música. Nosotros no oímos el sonido ambiente, por lo que desconocemos la melodía, sencillamente escuchamos la canción que Fausta canta en su cabeza. Finalmente cuando llega a la sala en la cual se encuentra la señora de la casa ensayando (es una pianista de la clase alta limeña verdaderamente cabrona), Fausta no puede evitarlo y canta, conteniendo el llanto y con una fuerza que es absolutamente contraria a los casi susurros con los que normalmente habla. La siguiente escena nos sitúa con un plano fijo en una parrillada familiar, que inaugura una precaria piscina. Todo en esta puesta en escena es absolutamente caótico, los niños saltando en la piscina (que a todo esto no es más que un hueco cavado en la tierra, con la idea inicial de ser una tumba), el primo haciendo interminables flexiones, los perros ladrando incansablemente, la tía gordita tomando el sol en postura de ballena varada, la cumbia que se funde perfectamente con los chillidos de todo el mundo… La película está plagada de estos detalles, y la verdadera maestría de la directora consiste en hacerse a un lado, en dejar la cámara quieta para que la realidad suceda.


Por otro lado, para todo aquel que al ver Gato Negro, Gato Blanco de Kusturica, sintió que las similitudes entre los andes y los países del este son abundantes, que las escenas caóticas de la boda bien podrías situarse en un preste paceño o en una pollada limeña, será maravilloso encontrar confirmadas todas sus impresiones en la película de Claudia Llosa.

Yo por mi parte, no puedo dejar de agradecer el que en Latinoamérica se estén haciendo películas como ésta. Además confirmo que si se organizara un concurso latinoamericano de países horteras, probablemente Perú sería el orgulloso ganador.

A todo esto me pregunto cómo leerá esta película alguien como Jaime Bayly, quien curiosamente ayer cumplió años. Habría que comparar sus sosos festejos mayameros con los parrandones de la peli.



miércoles, febrero 11, 2009

El resto de las cosas

cuando la fuerza se presenta como una sustancia
que da cuerpo a lo efímero
comprendes
la fragilidad del resto de las cosas

sábado, febrero 07, 2009

Debería ser bastante simple:
el ritmo desborda los diálogos para que sólo quede fonética.
Intento volver al tiempo sin palabras.
Hay un sonido incesante de recuerdos
(pero no es recuerdos lo que quiero decir, es una imagen mucho más gastada, más falsa)

Antes de que las ganas de nombrar nos amordazaran,
mucho antes,
alguien repitió tantas veces el mismo gesto
que el cuerpo perdió todas sus capacidades representacionales.
Entonces se intuyó la posibilidad de nombrar la distancia
entre la imagen y el tiempo.

El mismo movimiento a la inversa
debería ser suficiente para devolverle al lenguaje
lo verdadero.
Desbordar el ritmo de la frase para significarla.
Una cuestión de sensaciones inmediatas
antes incluso de que el espasmo llegue a ser carne
antes de la posibilidad de un lenguaje.