sábado, junio 26, 2010

Nudos

Hoy he recordado La Carcoma de Bergman. Fuera de las densas redes de relaciones sentimentales hay una parte de la película que vuelve a mi memoria una y otra vez:
David es un arqueólogo que se enamora de una mujer casada, Karin. Está en Suecia restaurando una iglesia románica y excavando los terrenos aledaños. Dentro de la iglesia han encontrado la estatua de una virgen con niño. Lo extraño es que la estatua está en una cámara cerrada, algo así como el serdab de las mastabas egipcias. En estas cámaras se colocaba una reproducción del difunto: el ka, el doble.
Cuando finalmente extraen a la virgen descubren que una especie de gusano está devorando la estatua desde dentro. Todo el interior está lleno de huevos. Una vida en plena ebullición. David le muestra el descubrimiento a Karin y le dice que los insectos son casi tan bellos como la estatua. O más. Imposible imaginar ahora a la una sin los otros. La divinidad carcomida por unos insectos negros y sus huevos gelatinosos. El gesto impasible de la virgen cargando al niño y alimentando durante años la vida que la destruye.


Hace unos años me enamoré de un hombre. Era el fantasma de lo que yo quise amar. El ka, el doble. La cotidianidad como una cámara cerrada desde la que se puede sentir cómo los insectos se alimentan de los sentimientos. El amor como un gesto impasible desde el cual contemplar la destrucción. Algo casi tan hermoso como la persona a la que se ama. O más.
Un día le regalé un pedazo de una manta que mis padres habían comprado para mí antes de que yo naciera. La única persona a la cual le daría esto, dije. El único objeto verdaderamente importante. El único objeto que recorre toda mi vida con una precisión exacta en el tejido. Una serie de nudos y remiendos. Huecos y manchas. Un quipu en el que se escribe mi vida.
Pasaron los años y comprendí que había cometido un error. Había sido engañada por el ka. Los gestos, los movimientos, los silencios no pertenecían a la persona completamente. Respondían al ka, a la fuerza vital, al doble. Algo indisoluble de la persona a pesar de no ser ella. Mi amor caminaría siempre al lado del ka del hombre pero era completamente ajeno a su existencia terrena. Mi quipu estaba incompleto. La ausencia del pedazo era una especie de carcoma.


Un día logré que me devolviera el pedazo de manta. Mientras volvía a casa noté cómo el tejido se estaba desgranando. Mi ropa negra estaba cubierta de una especie de pequeños gusanos amarillos. Pensé en que quizás el cuarto del hombre estaba lleno de esos gusanos. Entonces recordé la película de Bergman.
Salgo del metro. Llueve a cántaros. Empiezo a deshacer el tejido lentamente.
Acelerar el proceso de desaparición. Ser yo misma su carcoma.
Desato los nudos bajo la lluvia y miles de gusanos amarillos van quedando a mi paso. El mismo camino que el hombre y yo recorrimos una y otra vez. El suelo mojado y muchos gusanos amarillos ahogándose. Esto es casi tan hermoso como el tejido. O más, mucho más.

martes, junio 15, 2010

Devolución no necesariamente imprescindible

Todo empezó cuando entré a trabajar en la gasolinera. Yo tenía asociadas las gasolineras a las carreteras. Carreteras gringas para ser más exactos. Esas gasolineras que cierta literatura utiliza de forma romántica: hombre solo bebiendo en su coche, motel y gasolinera en la carretera, una carretera de una ciudad cualquiera, el vacío, el insomnio, historia familiar o historia de divorcio, etc. La melancolía de carretera es el monopolio de las gasolineras gringas. El apocalipsis es el monopolio de las cafeterías de carretera latinoamericanas.
Esta gasolinera no tenía nada que ver con todo esto. Se encontraba en medio de la ciudad, era frecuentada por yonkis y no tenía nada de romántico o melancólico. Al menos no en las primeras horas de trabajo. Después, cuando la inhalación constante de gasolina ya me había drogado, quizás hubiera podido encontrar algo romántico en todo esto.
Un día entró un hombre que era exactamente igual a David Carradaine. En el primer momento creí que era él y me pareció probable hasta que recordé que estaba muerto. Compró un par de donuts y me pidió un café cargado. Doble. Me pagó con tarjeta. Cuando me enseñó el carnet vi que se llamaba Ambrose Bierce.
Mi imaginario personal siempre ha relacionado el nombre de Bierce con el físico de William Burroughs. Un día descubrí que Burroughs nació el mismo año que Bierce desapareció en México. Entonces era una especie de reencarnación. Así me explicaba yo la fusión mental que mi cabeza hacía con los dos escritores. Uno perdido en la revolución, el otro loco por las armas. Me imaginaba a Bierce desertando de la revolución de Pancho Villa, internándose en territorios mexicanos, conociendo el peyote, comiéndolo y muriendo en el viaje. Entonces Burroughs nace. Pasan los años y es mandado a un internado en Nuevo México con una carta de sus padres que dice devolución no necesariamente imprescindible. Nuevamente México. Luego Estados Unidos. Harvard.
México nuevamente. Pasan los años. Burroughs mata a su esposa accidentalmente en una noche de juerga. Un juego de puntería. El vaso en la cabeza de la esposa. El fallo de Burroughs al calcular la estatura de la mujer. Entonces Burroughs emprende un viaje en busca del Yagé. Recorre sudamérica. Colombia. Ecuador. Perú. Las ciudades latinoamericanas como el apocalipsis.
Bierce y Burroughs y México. Las plantas sagradas y el apocalipsis. El juicio final. El fin del mundo.
Todo esto lo relacionaba yo de alguna manera con mi personal escenario de fin del mundo. Una gasolinera con olor a caramelo. Combustible dulce. Donuts rosas. Yonkis. Cucarachas hipertrofiadas por ingestión de combustible. Un hombre con pinta de yonki en un estadío no del todo deteriorado. Su nombre: Ambrose Bierce. Su físico: David Carradaine en sus últimos años, antes de ser encontrado muerto en Bangkok. Una sensación horrible y enfermiza de desolación final. Eso escribió Burroughs mientras recorría sudamérica. A lo mejor eso pensó Carradaine en Tailandia antes de ahorcarse.
La desolación final. Devolución no necesariamente imprescindible.

continuará.....

viernes, junio 04, 2010

Proselitismo

Las caravanas políticas
concluían con un sándwich de atún
comido entre las montañas.

El sol del altiplano
quemaba la piel cubierta
de banderas rosas.

La vuelta a casa era siempre
el regreso de una excursión
y yo quería quedarme
en cualquier punto del paisaje.

Volver a casa siempre
con la gorra en las rodillas
leyendo frases panfletarias
sosteniendo los bolis las tazas las poleras:
el marketing de calle
de la política latinoamericana.

Mi infancia transcurrió entre pancartas
y bandas militares
entre camionetas con megáfono en el techo
y salidas furtivas en la madrugada
para pegar carteles.

Mi compromiso político consistía en batir
el engrudo a fuego lento
y convencerme que su preparación
era parte de la alquimia
en ponerme la chamarra rosa
mientras mis dientes de leche emitían
el sonido del frío.

La palabra campaña
cobraba dimensiones insospechadas
cobraba sentido de excursión y primavera
de juegos de infancia
y de identidad secreta.