sábado, julio 06, 2013

Secuencia

 "Querer el bien con demasiada fuerza, de forma equivocada, puede estar ya siendo querer el mal, para empezar" J.G.R.



Primero me enamoré de mi mismo,
luego de mi reflejo.
Las cicatrices antiguas comenzaron a arder.
Las manos de la infancia se hicieron presentes
y nuevamente la sangre brotó
joven  violenta sagrada.

Primero me enamoro de mi mismo
y luego el reflejo me miente.
La sangre esculpe animales fantásticos
que coagulan la infancia salvaje.
Voces de cemento cantan todos los nombres que tuve:
 yo los recuerdo como insultos como golpes como insectos envenenados.

Primero vino el nombre
luego, lentamente, el canto se fue pudriendo
en la infancia de cemento.
El cuerpo salvaje enamorado del reflejo
de los días amarillos
y las montañas penetrando por la piel
hasta el esqueleto.

Las heridas de entonces dibujaron
el cuerpo de ahora,
abrieron los surcos que con el tiempo
se rellenaron de odio y de ternura.
Ahora es imposible separar
el odio de la ternura:
ese territorio fronterizo es mi nombre.

Primero me desprecié a mí mismo,
luego la imagen engendró el círculo.

Todo se llenó de la fragancia inestable
de las glándulas que secretan pasado.
Sólo secretan pasado
ahora.

Las glándulas tienen también cicatrices
que surcan su incandescencia,
y yo, el amor que se desprecia a sí mismo,
acaricio el horror con piedad y con ternura,
como si la maldad fuera un animal agonizando
al que hubiera que cerrarle los ojos.

El animal agonizante
que debo enterrar en mi cuerpo.

El dolor anida en mí emponzoñando
la carne enamorada que desprecia.

Primero me asesiné a mi mismo
y luego parí al animal moribundo
que era hermoso transparente cruel.
El mal en forma de ternero miserable
tierno.

La ternura se me sale por la boca
en forma de insectos que buscan la llaga que los alimente:
una ternura  adherida al odio
como el insecto a su ala
y el ala a su vuelo.
Como función necesaria de existencia
y absurda y completamente prescindible.
Sin embargo
no sé mirar sin ella:
la ternura-odio adherida a la cornea de ambos ojos.

La perspectiva empañada de su deformidad
no sirve para trazarme caminos o guaridas o muertes.

Primero tracé un bestiario
y luego morí de sed ante tanta belleza
imaginada.
Luego, uno a uno, murieron todos los animales nobles.
Sólo quedó el agonizante ternero,
reflejo insospechado del mal
que anida en mis órganos.

El círculo me retorna al reflejo
al ternero al ojo al insecto 
a lo muerto.