jueves, octubre 24, 2013

Disolver

Son los mismos árboles:
el retorno a lo concreto.

La misma calle brillante
bajo una lluvia antigua.

Dos ciudades que se habitan
y se confunden bajo los párpados.

El mundo es tan pequeño que cabe
en la lágrima que se evapora
y luego retorna a mí,
como lluvia,
mojándome.

Detrás de los árboles,
que se intercambian con la cadencia de un sueño,
anidan mis fantasmas terribles
que se multiplican en miles de rostros distintos.

La vida es tan estremecedora
que retorna siempre a lo concreto
y lo disuelve en la sustancia espectral
de lo perdido.

La misma calle de hace diez años
en dos ciudades distintas.

Y mi cuerpo que tiembla ante
la revelación contundente:
todos los tiempos son el mismo.

El ahora inconcluso es
el ayer definido
que reverbera en lo concreto
deformándolo,
habitándolo con la insistencia
de lo que persiste sólo
porque, finalmente, se desvanece.

No existe objeto sin
su doble ausente
que persiste en su visión
afantasmada.

Yo soy mi fantasma:
me lo dice el ritual de los espejos
que incesantemente me revela
el vacío que se cierne,
como un desierto inevitable,
sobre mi rostro.

La suspensión del tiempo
me entrega mi muerte,
y yo  nombro los objetos
a los que me aferro:
ventana, puerta, papel, escalera,
taza, mesa, mano, espejo.

Pero el conjuro suspende
también lo concreto,
y lo multiplica en realidades distintas:
los objetos que sostengo
son los mismos que me acompañarán
en mi muerte.

Nada existe fuera de los fantasmas,
los nombres ausentes que disuelven
los contornos de los árboles,
de la calle y de mi cuerpo.


viernes, octubre 18, 2013

Tal vez



Tal vez la mañana repliegue sus acasos
y  se envuelva en la visión absurda
de lo concreto.

Mientras tanto el cuerpo deja
que la luz contenga las palabras
desconocidas sobre los objetos
que, por un momento, vibran.

Permanezco en el borde de lo que
no puede nombrarse
y acaricio la imposibilidad con  la superficie
de  los viejos nombres vencidos.

Sensación, herida y sentimiento son
los golpes que asedian mi ventana
en busca de los rastros de todo
lo que acontece ajeno a esta instancia desnuda.

Afuera se despliega la continuidad de la historia,
pero yo estoy ciega de palabras
mientras en el pasado
lo muerto todavía tiembla.

Las explicaciones sólo son sospechas,
intuiciones que se desprenden de los cuerpos
caídos que se resisten al olvido.

La constatación de lo inhóspito
anida en el bullicio
y en el movimiento frenético
de esta ciudad que nuevamente desconozco.

Tal vez el aliento se enreda inutilmente
en busca del silencio
que me revele la palabra nueva.
 

miércoles, octubre 09, 2013

La fe de los autómatas



El borde de la imagen
recrea  el ayer herido:
decir amor es, quizás,
demasiado banal
mientras se asiste a las sesiones
de autómatas que, ante cualquier indicio
de destrozo,
son remplazados.

El borde de la imagen no contiene
las fisuras que trazan mis historias ciegas,
mutiladas  por las mentiras.

El amor es una sustancia de contrabando,
la ilusión enferma de las apariencias,
una droga que trastorna el lenguaje,
una perversión que engendra
heridas y carcome el sexo.

El borde del órgano asexuado
remeda las formas gemelas del deseo
y de la nausea.

La forma del cadáver
del único ser que creyó,
en este escenario de marionetas,
se evapora en el borde de la palabra:
Ahora, dice, ya no tengo miedo.

Yo lo miro y siento frío
porque el cadáver soy yo:
la venus rajada,
el ansia podrida de la fe.
La absurda fe en las palabras
y en las formas de lo que se adhiere
al esqueleto como si fuera real
(como si alguna de las palabras
pudiera ser real,
como si la palabra amor
pudiera ser cuerpo real).

Desde aquí, la vida se parece a un laberinto de insectos:
se salvan aquellos que vuelan
mientras los demás somos devorados por los más fuertes
(aquellos que conocen el engaño).

Yo, le digo a mi autómata (mi doble, mi tumor, mi cadáver), sí tengo miedo
porque mis miembros amputados
sólo saben creer en lo dicho
y en la esencia de algo que, quizás,
nunca debería haberse llamado amor
sino simplemente desamparo,
tierra baldía,
orfandad,
infierno de los gestos compartidos,
engaño perfecto.

Y  todos los gestos son
nuevamente
mentiras.

El eterno retorno a la llaga
a la incapacidad autómata
de tener cuerpo
de tener sexo (el don, el pecado, el veneno, la muerte)
de creer en las palabras
y, sin embargo, seguir creyendo.

martes, octubre 01, 2013

Desaparecer


En el silencio resplandecen
las marcas:
la oscuridad,
el sonido del único coche que pasa por la calle
(luz, viento, un cuerpo dentro),
un timbre  lejano que suena
(alguien que entra,
las luces de un hogar,
la familiaridad de los objetos).

Como una manifestación aislada de lo perdido,
una vez más, oyes tus pasos.
La hoguera permanece inalcanzable
en un horizonte cada vez más lejano.

La visión de esa hoguera
y  su renovada extrañeza
marchitan las ansias y el vacío.

Mientras, tus pasos huérfanos
señalan la madrugada
de un nuevo día sin recuerdos,
sin bocetos que te devuelvan
la hoguera imaginada, soñada,
labrada con tu insistencia ciega.

 Esperas la redención y la calidez
del escenario suspendido en cada lágrima:
esa luz tenue que te atreviste a llamar guarida
y no era otra cosa que la intemperie
creciendo en las palabras cotidianas,
en su repetición envenenada,
en la fragancia rotunda
del desencanto
(cuando por fin su mirada
se liberó de los conceptos 
y de las estrategias).

Tus pasos ya han olvidado
el sonido de la melancolía
porque la hoguera
quizás simplemente ya no es
y lo que brilla en el horizonte
es su fantasma atormentado
por tus invocaciones.

Desierto y herida,

amanecer teñido de insectos que duelen,
de caricias arrinconadas
en las fotografías viejas
que hace tiempo se han consumido
en tu rutina impuesta
y en tus debilidades.



La tristeza vuelve a  acomodarse
en los matices de la oscuridad
y en los rostros que te asedian
detrás de cada intento de palabra:
gestos bruscos que remedan la máscara
del personaje inalcanzable que gobierna sus sentimientos,
su piel y sus miedos.

Tus pasos vacíos en una noche que no acaba,
que sólo deja intuir el amanecer
como una sinfonía de imposibilidades:
el hogar que no será
los cuerpos que han sido
la historia que siempre queda inconclusa.


El viento de la noche derrama sobre ti
su canto yermo,
su ayer sin explicaciones
su saber estar inerte
y aún así poder revivir las voces
que se fueron.
Todas esas voces que traspasaron
tu piel confundiendo la simple necesidad
con el hambre verdadera, con la llaga,
con la sangre.

Hace tanto la hoguera ya no quema,
hace tanto la piel se resquebraja
en palabras absurdas
que nombran equivocadamente
las certezas, las miradas,
las posturas violentas de tus figuras
de piedra
(sobre ellas escribes con sangre
historias amputadas,
patéticas pero elocuentes).

Los nombres de lo familiar
van perdiendo relieve
en este escenario construido con las ruinas
de lo real  que también se desvanece.

Hace tanto tus huellas circulares
concluyen en un pozo seco,
que tus pasos realizan, con la precisión  exacta y ardiente de tu memoria,
la coreografía atormentada de la súplica,
de la sed,
 de la herida que sin piedad no sabe cerrarse.
Pero el pozo siempre te recibe
con la tierra negra que exige sangre
mientras tu cuerpo
se refugia en la esperanza inútil
de volver a encontrar la hoguera
en sus cenizas.

Una vez más, el amanecer no llega
y tus recuerdos se convierten
en la cifra exacta de tus debilidades.
No hay espacio para tanta memoria
con el frío como única certeza.