lunes, junio 30, 2014

En esta fábula

el mal es algo como la explosión 
insospechada de pequeñas 
miserias cotidianas. 

El mal es el sutil artificio 
de la pertenencia.

El lenguaje maleable
cambia las direcciones
en las que caen los cuerpos
que se pliegan,
algunos resisten en hogueras inestables,
otros tiemblan al ritmo de las palabras que temen
(casi parece un baile, una coreografía desolada
en la que todos están muertos).



Ayer fue atravesar la mirada equilibrista
y atreverse a nombrar
los abismos:
decir mal, hoguera, artificio.

Hoy las fronteras han sido disueltas
y una palabra 
se apodera de todos los objetos.

Alguien tiembla ante la renovada 
indeterminación de la lengua:
hemos perdido todos los nombres
en los simples destrozos cotidianos.

Sólo nos queda el afuera.