jueves, noviembre 13, 2014

NUDOS



El ímpetu cambia de dirección en el último instante,
entonces la piedad se vuelve necesaria.
Necesariamente falsa, aturdida, desordenada,
casa amoblada con todos los gestos patéticos de estos vínculos.

Un intento de conversación que franquee nuestros muros familiares, nuestras costumbres
inamovibles y, a veces, creo que la libertad sería posible si
estos muertos no fueran nuestros.
Pero hace tiempo que dormimos rodeados de sus cenizas
y, ya ves, suele suceder que ellos se mezclan con el polvo y son la alergia.

Nuestros muertos que se disfrazan con nuestras palabras
con esos monosílabos inservibles que llevamos años repitiendo:
sí, no, bien, mal, no sé…

A veces sucede que nuestra biografía se sostiene únicamente en murmullos
envenenados por una continuidad innecesaria.
Y, pregunto, si todo se acabara aquí?
Si dejáramos de una vez por todas  que nos habite este océano de culpas de las que nadie piensa hacerse cargo, aún cuando las lágrimas hacen pensar que, en el fondo, todos somos culpables.

Nos nacieron los vínculos enfermos
y nosotros habitamos en los síntomas, cansadas marionetas de las suposiciones:
suponemos querernos
suponemos ser familia
suponemos recordar cuando lo cierto es que el pasado es otra más de las islas que nos contienen, mirándonos uno a otro, desconocidos y ajenos, completamente extranjeros.

Yo no dejo de repetirme: en cualquier parte siempre que sea lejos.

Siempre que la palabra distancia y familia formen parte de un sistema que funcione correctamente en un perfecto equilibrio.
Un equilibrio distorsionado  y mezquino pero necesario para poder
congelar la rabia que me producen los monosílabos que, no puedo negarlo, son también los colonizadores de mi lengua materna en la que siempre he sido extranjera.

Y no es sólo un asunto de pertenencia,
es lo real que no se ajusta a los límites de lo esperado y lo excede.

Lo real distorsionando las palabras necesarias y alejándonos cada vez más
pero nuestras murallas tienen grietas por las que, de vez en cuando, se filtran la piedad y la ternura tan estúpidamente similares a la lástima:
¿eso es todo lo que nos queda? ¿la mendicidad de los afectos?