viernes, agosto 26, 2016

El círculo



Caer de rodillas
como cuando el recuerdo desciende, circular,
entre las capas cotidianas de la nada:
la arrebatada constancia de lo real
desbordándose.

Entre un extremo y otro de los tiempos
el mismo ardor reconcilia
las causas injustas,
el dolor perpetrado por el cauce
ciego,
necesario ímpetu con que el tiempo arrastra
todo lo que fuimos.

Permanezco en las huellas,
gastadas imágenes
de sucesos brillantes:
la lucha cotidiana con los fantasmas,
el esqueleto de los objetos cotidianos
resistiendo el último envite del desencanto.
Y la mentira en el contorno de las cosas
que rechazan el inevitable
flujo intransitivo
que afirma la ambigüedad de los espejos.

No queda nada.
Sólo, quizás, la trémula mano que se ahoga en sus cenizas,
el absurdo orgullo de perro herido
anclado en los naufragios de la gloria
conocida.

El adiós es más fácil que la herida
aunque su implacable impertinencia
sea la respiración caliente, envenenada,
del que elige salvarse
en el miedo cotidiano,
presente ultrasignificante
ajeno de sí mismo.

Pero el tiempo retorna circular
como la culpa
que uno a uno colecciona
los fracasos,
las caricias negadas,
el afecto murmurado
como una liturgia clausurada
a la piedad y a sus relieves.


Caer de rodillas como cae
el pensamiento circular
que permanece atado
a todas las heridas
que estallan en lo cotidiano
como una simple molestia de domingo,
o el hastío devoto de lo familiar
extranjero de sí mismo,
o el inexplicable encanto
con el que muere
la carne de lo que alguna vez amamos.